PARTE 2: LA PREGUNTA QUE NADIE PUDO RESPONDER

El silencio que cayó sobre la sala fue tan pesado que el tic-tac del reloj de pared parecía un martillazo.

Daniel retrocedió dos pasos tambaleándose, como si una ráfaga de metralla le hubiera atravesado el chaleco táctico. Miró a su madre con una mezcla de horror e incredulidad absoluta. Aquel hombre condecorado en tres zonas de guerra, capaz de mantener la calma bajo fuego enemigo, temblaba como un niño perdido.

—¿Mamá… qué hiciste? —preguntó Daniel con la voz completamente destrozada—. Dime que esto es una mentira. Dime que no te atreviste a hacerme esto.Su madre levantó el mentón con ese orgullo altivo y venenoso con el que siempre me había mirado desde el día en que me conoció.

—¡Lo hice por ti, Daniel! —gritó la mujer, sin mostrar un ápice de arrepentimiento—. Eras el oficial más prometedor de tu academia. Ibas a ser coronel antes de los cuarenta años. Casarte con una enfermera de pueblo ya había sido un tropiezo bastante grande para el linaje familiar, ¿pero atarte de por vida con dos mellizos mientras te enviaban a la línea de fuego? ¡Habría destruido tu concentración, tu carrera y tu futuro!

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