Entonces ocurrió algo que nadie esperaba.
Alexander comenzó a desmontar parte de su propia vida.
—No puedo decir que Miguel
me salvó para que viviera —me confesó meses después— y seguir usando esa vida para construir miedo.
No se convirtió mágicamente en un hombre inocente.
No podía borrar su pasado.
Pero empezó a abandonar actividades ilícitas, separar empresas legítimas y someterse a las consecuencias legales de decisiones anteriores.
Yo no fui su premio por portarse bien.
Se lo dije claramente.
—No voy a enamorarme de ti porque le debas una vida a mi padre.
—Bien.
—¿Bien?
—Miguel me salvó. Tú no me debes nada por eso.
Aquella respuesta fue la primera razón por la que acepté tomar un café con él.
Solo uno.
Después otro.
Pasaron dos años.
Seguí trabajando, aunque ya no como ama de llaves.
Con ayuda de Samuel retomé la Corriente Silenciosa.