Y terminé creando un pequeño programa de defensa y autocontrol para jóvenes del barrio.
Mateo fue mi primer alumno.
—Soy tu hermano —protestó—. Debería entrenar gratis.
—Precisamente por eso pagas doble.
Mamá se rio durante cinco minutos.
Alexander financiaba parte del centro, pero bajo una condición que yo misma impuse:
No llevaba su nombre.
Se llamó Centro Miguel Reyes.
El día de la inauguración, Samuel colocó una fotografía de papá junto a la entrada.
Alexander permaneció atrás.
—Ven —le dije.
—Este día es de tu padre.
—Precisamente.
Se acercó.
Miré la fotografía.
—Papá murió creyendo que solo había salvado a un desconocido.
Alexander tragó.
—Salvó mucho más.
—Entonces haz que valga la pena.
Asintió.
Tres años después, Alexander me pidió matrimonio.
No hubo trescientos invitados.
No hubo champán.
No hubo fotógrafos.
Solo mamá, Mateo, Samuel y unas cuantas personas que habían aprendido a conocernos sin miedo ni uniformes sociales.