PARTE 2: Mi esposo me dejó fuera del cuarto de nuestro bebé a dos semanas de dar a luz. Su amante ya estaba adentro, sosteniendo la mantita que yo había comprado. —Vanessa va a ayudarme con el bebé —dijo Ethan, bloqueándome la puerta con el brazo—. Porque tú claramente no puedes con ser mamá. No le rogué que me dejara entrar. Puse la mano sobre mi enorme vientre y le pregunté: —¿Quién te dijo que yo era la que se iba? Ethan soltó una carcajada. Pero dejó de reírse cuando mi teléfono vibró y apareció un mensaje que él alcanzó a leer: “Mudanza confirmada para el viernes.”

Ethan tardó menos de un minuto en alcanzarme.

Yo acababa de cerrar la puerta de nuestra habitación cuando golpeó dos veces.

—Claire. Abre.

No respondí.

—¿Qué significa “Residencia Pasadena”?

Abrí el clóset y saqué una maleta pequeña. No necesitaba empacar toda mi vida. Sólo necesitaba suficiente para llegar al viernes.

El resto podía esperar.

Ethan volvió a golpear.

—Te estoy hablando.

—Y yo te escucho.

—Entonces abre.

Metí dos vestidos, ropa cómoda y mis documentos médicos. Cuando abrí la puerta, Ethan casi entró por impulso.

Le puse una mano en el pecho.

—No.

Su mirada bajó a la maleta sobre la cama.

—¿Te vas?

—Tú dijiste que me iba a ir de todas formas.

—No hagas esto.

Solté una risa corta.

—Hace diez minutos estabas amenazando con decir que abandoné a mi familia.

—Porque estabas actuando de manera irracional.

—¿Y ahora?

Ethan miró otra vez la maleta.

—Ahora quiero hablar.

Ahí estaba.

La primera consecuencia.

Mientras creyó que yo no tenía salida, no necesitaba hablar conmigo.

Ahora sí.

—Está bien —dije—. Habla.

Su expresión cambió. Probablemente esperaba lágrimas, gritos o una negociación.

—Vanessa no se va a quedar permanentemente.

—No pregunté eso.

—Sólo quería ayudar.

—Tampoco pregunté eso.

Ethan respiró por la nariz.

—Claire, faltan dos semanas para que nazca nuestro hijo. No puedes simplemente desaparecer.

—No voy a desaparecer.

—Entonces cancela la mudanza.

Lo miré.

—No.

Una voz llegó desde el pasillo.

—Ethan.

Vanessa estaba ahí, todavía con su camisón rosa, pero ya no sonreía.

—¿Qué está pasando?

Él volteó hacia ella.

—Nada.

—Escuché “mudanza”.

—Dije que no pasa nada.

La forma en que Vanessa endureció la mandíbula me confirmó algo que hasta entonces sólo sospechaba.

Ella tampoco sabía.

Ethan le había hecho creer que todo estaba decidido.

A mí me había hecho creer que no tenía opciones.

Y a Vanessa le había hecho creer que ya había ganado.

Tomé mi teléfono.

—Necesito descansar.

Ethan bloqueó el paso, pero esta vez no levantó el brazo.

—¿A dónde vas el viernes?

—Ya viste el mensaje.

—Pasadena es enorme.

—Exactamente.

Vanessa cruzó los brazos.

—Si esto es por mí, puedo irme unos días.

La miré.

—No es por ti.

Eso pareció herirla más que un insulto.

Ethan dio un paso hacia mí.

—Entonces es por nosotros.

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