Cuando surgían desacuerdos, se resolvían mediante los mecanismos civiles establecidos.
Mi uniforme no entraba en aquellas conversaciones.
Yo era coronel durante el servicio.
Con mis hijas, simplemente era mamá.
Un año después, Álvaro me pidió hablar durante una visita.
—Martina ya casi no me cuenta nada.
—Tiene once años. A mí tampoco me cuenta la mitad.
—No es eso.
Miró al suelo.
—Creo que dejó de confiar en mí aquel día.
Sabía perfectamente cuál.
—Entonces tendrás que recuperarlo.
—¿Cómo?
—No lo sé, Álvaro.
Lo miré.
—Yo nunca tuve que aprender a convencer a mis hijas de que eran importantes.
Aquello le dolió.
Pero no discutió.
También me preguntó por qué jamás había corregido a su familia cuando se burlaban de mi trabajo.
—¿Querías sorprendernos algún día?
—No.
—Entonces ¿por qué?
—Porque no necesitaba impresionarlos.