Me ajusté el cubrebocas. Antes de contestarle, recordé el día en que conocí al hombre al que ahora teníamos que salvar.
Yo tenía veinticuatro años y era enfermera recién contratada. A Eduardo lo llevaron a Urgencias desde una demostración de cosechadoras cerca de Atlixco. Por querer destrabar una pieza sin esperar al mecánico, se abrió la palma de la mano.
Mientras el médico le ponía puntos, él hacía chistes para no gritar.
—Si me dejan la mano torcida, por lo menos podré saludar como cangrejo.
—Quédese quieto —le advertí—. O le van a coser un dedo donde no va.
Se rio. Me contó que su madre lo había criado sola, limpiando oficinas, y que soñaba con dirigir una distribuidora de maquinaria. No tenía dinero ni contactos, pero hablaba como si el mundo ya le debiera una oportunidad.