Regresé a Valencia sin avisar y oí a mi padre pedir permiso para sentarse a la mesa que habían preparado.

«Mamá, después de todo lo que ha pasado…»

«Precisamente. Después de todo lo que ha pasado, queremos decidir nosotros mismos».

Manuel asintió.

«No necesitamos un hijo que decida por nosotros. Necesitamos a nuestros hijos en nuestra vida».

Nicolás bajó la mirada.

Comprendió que había pasado años queriendo salvar a sus padres, pero que al final cometía el mismo error que los demás: decidir por ellos creyendo saber qué era lo mejor.

Una semana después, regresó a Valencia.

No para vigilarlos.

Para escucharlos.

Tres meses más tarde, Javier apareció en la puerta de la casa.

No pidió volver a vivir allí. Tampoco pidió que se retirara la denuncia.

Simplemente sostenía una vieja mesa de madera restaurada.

Era un mueble que Manuel creía perdido hacía mucho tiempo.

—La he arreglado —dijo Javier.

Manuel pasó la mano por la superficie.

Javier tragó saliva con dificultad.

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