Regresé a Valencia sin avisar y oí a mi padre pedir permiso para sentarse a la mesa que habían preparado.

Durante las semanas siguientes, Adrián revisó las cuentas.

Se pudo recuperar parte del dinero.

Se impugnó el poder notarial sospechoso y un perito concluyó que la firma presentaba indicios claros de falsificación.

Manuel y Carmen recuperaron sus tarjetas, sus llaves y el acceso total a su casa.

El primer gesto de Manuel no fue cambiar las cerraduras.

Fue mover una silla.

La vieja silla de madera que había construido cuando Nicolás tenía nueve años se había quedado en el pasillo.

Manuel la agarró por el respaldo, la arrastró hasta la ventana del salón y se sentó.

Carmen le llevó un café.

Nicolás los observó en silencio.

Al día siguiente, les propuso que se fueran a vivir cerca de él, a Madrid.

Una casa grande.

Médicos cerca.

Todo lo que pudieran necesitar.

Carmen sonrió.

«No».

Nicolás creyó haber oído mal.

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