Javier había prometido devolverle el dinero.
Nunca lo hizo.
Cuando Javier y Nuria se instalaron temporalmente con los padres, Nuria fue tomando poco a poco el control de las cuentas.
Al principio, decía simplemente que quería ayudar.
Acompañaba a Carmen al banco.
Pagaba las facturas.
Luego empezó a afirmar que era absurdo que Manuel y Carmen siguieran teniendo el control exclusivo de sus finanzas.
«Un día, Nicolás volverá y decidirá vender la casa», repetía ella.
Javier, lleno de resentimiento hacia su hermano ausente y de ira contra sus propios padres, acabó escuchándola.
Aceptó cambiar algunas cerraduras.
Aceptó quedarse con las tarjetas bancarias.
Aceptó decir a algunos familiares que Manuel ya no estaba del todo lúcido.
Firmó documentos.
Cada paso parecía insignificante.
Hasta el día en que sus padres necesitaron permiso para usar su propio comedor.
Nicolás miró a su hermano.
«¿Robaste dinero?»
Javier guardó silencio.
Luego respondió:
«Sí».
«Nicolás tiene razón».
Nuria se levantó bruscamente.
«¿Perdón?».
Javier lo confesó todo.
Las transferencias.
Las deudas.
Los documentos.
Las conversaciones en las que Nuria le había explicado que, si declaraban a sus padres incapaces, sería más fácil controlar la casa.
También admitió haber participado voluntariamente al principio.
«Dejé que lo hiciera porque tenía miedo de perderlo todo otra vez», dijo. «Y porque estaba enfadado con Nicolás. Pensaba que esa casa me correspondía de alguna manera».
Manuel lo miró con profunda tristeza.
«Te quedaste en mi casa. Eso no significa que fuera tuya».
Javier bajó la cabeza.
Nuria intentó una vez más volver la situación en contra de Nicolás.
Afirmó que, sin ella, todo habría sido un desastre.
Y, en cierto modo, tenía razón.
Nicolás lo comprendió en ese mismo instante.
Él había estado ausente.
Había confundido las transferencias bancarias con una presencia real.
Llamaba diez minutos desde el aeropuerto y creía que eso bastaba.
Pero su ausencia no daba derecho a nadie a humillar a sus padres.
Adrián cerró la carpeta.
Explicó que se examinarían los documentos, que las cuentas quedarían protegidas frente a cualquier nueva operación no autorizada y que la firma presuntamente falsificada acarrearía consecuencias legales.
Nicolás no gritó.
Simplemente miró a Nuria.
«Esta noche te vas de esta casa».