Luego miró a Javier.
«Tú también».
Carmen rompió a llorar.
Era la primera vez que comprendía que proteger a un hijo no significaba tener que salvarlo de todas las consecuencias de sus actos.
Javier se acercó a ella.
«Mamá…».
Carmen retrocedió un paso.
«Te quiero. Pero hoy no voy a salvarte».
Aquella frase fue más dolorosa que cualquier insulto.
Nuria se marchó esa misma noche.
Javier se quedó unos minutos a solas con sus padres y luego salió también de la casa.
Durante las semanas siguientes, Adrián revisó las cuentas.
Se pudo recuperar parte del dinero.
Se impugnó el poder notarial sospechoso y un perito concluyó que la firma presentaba indicios claros de falsificación.
Manuel y Carmen recuperaron sus tarjetas, sus llaves y el acceso total a su casa.
El primer gesto de Manuel no fue cambiar las cerraduras.
Fue mover una silla.
La vieja silla de madera que había construido cuando Nicolás tenía nueve años se había quedado en el pasillo.
Manuel la agarró por el respaldo, la arrastró hasta la ventana del salón y se sentó.
Carmen le llevó un café.
Nicolás los observó en silencio.
Al día siguiente, les propuso que se fueran a vivir cerca de él, a Madrid.
Una casa grande.
Médicos cerca.
Todo lo que pudieran necesitar.
Carmen sonrió.
«No».
Nicolás creyó haber oído mal.
«Mamá, después de todo lo que ha pasado…»
«Precisamente. Después de todo lo que ha pasado, queremos decidir nosotros mismos».
Manuel asintió.
«No necesitamos un hijo que decida por nosotros. Necesitamos a nuestros hijos en nuestra vida».
Nicolás bajó la mirada.
Comprendió que había pasado años queriendo salvar a sus padres, pero que al final cometía el mismo error que los demás: decidir por ellos creyendo saber qué era lo mejor.
Una semana después, regresó a Valencia.
No para vigilarlos.
Para escucharlos.
Tres meses más tarde, Javier apareció en la puerta de la casa.
No pidió volver a vivir allí. Tampoco pidió que se retirara la denuncia.
Simplemente sostenía una vieja mesa de madera restaurada.
Era un mueble que Manuel creía perdido hacía mucho tiempo.
—La he arreglado —dijo Javier.
Manuel pasó la mano por la superficie.
Javier tragó saliva con dificultad.
—No espero que me perdones hoy.
Su padre permaneció en silencio un largo rato.