Regresé a Valencia sin avisar y oí a mi padre pedir permiso para sentarse a la mesa que habían preparado.

Era él quien acompañaba a sus padres al médico.

Quien escuchaba sus quejas.

Quien estaba allí cuando a Manuel le dolía la espalda y cuando Carmen necesitaba operarse de cataratas.

—Tú enviabas dinero —dijo Javier—. Yo estaba aquí. »

Nicolás respondió:

«¿Y estar aquí te daba derecho a quitarles su casa?»

Javier desvió la mirada.

La verdad fue saliendo a la luz poco a poco.

Cuatro años atrás, su pequeña empresa de reformas había fracasado.

Había contraído varios créditos y confiado en una empresa que luego desapareció, dejándole facturas impagadas.

Manuel había vendido un terreno familiar en Sagunto —que pertenecía a la familia desde hacía décadas— para cubrir gran parte de las deudas de su hijo.

Javier había prometido devolverle el dinero.

Nunca lo hizo.

Cuando Javier y Nuria se instalaron temporalmente con los padres, Nuria fue tomando poco a poco el control de las cuentas.

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