Me llamo Daniel Robles, tengo treinta y dos años y pensé que lo tenía todo. Hace quince años vendía mazapanes y chicles en los cruceros de Insurgentes para ayudar a mi mamá. Hoy tengo una constructora que levanta edificios en Santa Fe y firma contratos en oficinas con vista a Reforma. Pasé de ver a mi madre lavar ropa ajena en una tina de lámina en Iztapalapa, con las manos agrietadas hasta sangrarle, a poder comprarle una casa en Jardines de Coyoacán, con piso de mármol, un limonero en el patio y un cuarto soleado solo para ella, con su virgencita de Guadalupe.
Mi madre es doña Clara. Bajita, de trenza canosa, callada, con las manos ásperas y el corazón más noble que he conocido en esta vida. Toda su vida me dijo: “Mijo, con que tú salgas adelante, yo ya estoy pagada”. Yo le juré que nunca más iba a sufrir. Que nadie le iba a volver a gritar como le gritaba la gente cuando lavaba ajeno.