Regresé por mi pasaporte y escuché a mi madre gritar: “¡no me pegues más!” Mi prometida perfecta, el ángel con el que iba a casarme, la tenía tirada en la cocina con el bastón roto. Cuando abrí su carpeta blanca entendí que quería matarla para quedarse con todo.

Y entonces llegó Valeria.

Valeria Montemayor. Veintinueve años. Güera, de familia de abolengo de Polanco, educada en colegio privado, con bolsas que cuestan lo que mi madre ganaba en medio año. Siempre impecable, siempre oliendo a perfume caro, siempre con una sonrisa perfecta para mí.

Desde el primer día fue el ángel que yo creí que Dios me había mandado. “No te preocupes, mi amor, yo le hago su cafecito de olla a tu mamita”, me decía, y le daba un beso en la frente a doña Clara como si fuera su propia madre. “Doña Clarita, usted descanse, que para eso estoy yo”.

Yo la veía y pensaba: por fin. Por fin una mujer que va a querer a mi reina como yo la quiero.

Qué pendejo fui.

Mi madre veía lo que yo no quería ver. Porque el amor te vuelve ciego, sordo y estúpido. Ella notaba cómo la cara de Valeria se transformaba en cuanto yo cerraba la puerta y me iba a la obra. Cómo torcía la boca con asco cuando doña Clara caminaba despacio por la sala con su bastón. Cómo mandaba a la muchacha a lavar con cloro y agua hirviendo el vaso donde mi madre había tomado agua. Cómo le decía “ay, Clarita, ¿ya se hizo pipí otra vez?” delante de sus amigas fresas, riéndose bajito.

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