Ricardo Prometió Mi Oficina por Seis Meses. Su Firma Terminó Costándole la Casa.

—¿Revisaste todos mis pagos?

—Revisé nuestra cuenta conjunta.

—Era una inversión.

—Entonces debiste preguntarme si quería invertir.

Ricardo señaló hacia afuera, como si el patio pudiera explicarlo por él.

—Ximena iba a levantar el negocio. Después íbamos a recuperar más.

—¿Íbamos?

—Somos esposos, Mariana. Lo que hago es para los dos.

Recordé el día en que abrimos aquella cuenta. Habíamos ido al banco después de comer tortas ahogadas y Ricardo insistió en que depositáramos ahí lo que aportábamos para los gastos de la casa. A mí me pareció una forma sencilla de organizarnos. Con el tiempo también entraron ahorros, pagos que yo cobraba por proyectos y dinero que él decía reservar para el futuro. No habíamos acordado financiar un negocio ajeno.

—Tú sabías que la empresa era de Ximena —dije—. Yo ni siquiera sabía que existía.

No respondió. El bebé lloró afuera, un llanto breve, todavía somnoliento, y Guadalupe comenzó a arrullarlo.

Fernanda abrió la puerta corrediza.

—Mariana, ¿podemos ver los comprobantes que imprimiste?

Los tenía en mi oficina. Fui por ellos con Ricardo detrás. La habitación olía a papel y al café que había dejado a medias esa mañana. Sobre el escritorio seguía abierta una hoja de cálculo. En la pared había una marca más clara donde antes colgaba un pizarrón que había quitado para pintar.

Ximena apareció en el umbral. Miró la silla ergonómica, el monitor y los anaqueles.

—Ricardo me dijo que casi no usabas este cuarto —soltó.

—Trabajo aquí todos los días.

—Dijo que podías hacerlo desde el comedor.

Ricardo se quedó callado. Hasta entonces, al menos había discutido por su cuenta; ahora dejaba que ella repitiera sus mentiras una por una.

Le entregué la carpeta de comprobantes a Fernanda.

—También le dijiste que yo cuidaría al bebé —le dije a Ricardo—. ¿Algo más de mi vida ya repartiste?

—Pensé que la ayudarías —murmuró.

—Nunca me lo pediste.

Ximena bajó la vista hacia el bolso de pañales. Ninguno de los dos volvió a hablar de mi disposición a ayudar.

Fernanda cotejó fechas y cantidades sin sentarse. Me señaló dos transferencias con la punta del bolígrafo.

—Éstas salieron después de la firma del acuerdo.

—Sí.

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