—Esto no elimina nada —les dije al firmar.
Rodrigo asintió.
Ofelia lloró.
Ximena, de casi trece años, sostuvo la pluma con preciosa calma y firmó donde debería, no como nieta rescatada, sino como persona consciente de su valor.
Hoy han pasado casi dos años desde que llamaron a mi puerta de nuevo.
Mateo continúa bajo vigilancia médica, jugando al fútbol con una prudencia que odia pero acepta. Rodrigo intenta una relación con su hijo y apenas empieza a entender que la paternidad no se improvisa cuando es conveniente. Con Ximena el vínculo es otra cosa: frágil, vigilada, limitada a lo que permite. A veces van por helado. A veces hablan de libros. A veces pasan las semanas sin vernos. Es ella quien marca el ritmo. Y me siento orgulloso de que lo haga sin crueldad, pero también sin hambre de aprobación.