Meses después descubrió la verdad.
—El departamento ya está a mi nombre —le dijo Rodrigo, agitando una copia de la escritura—. Así que si no te gusta cómo vivimos, la puerta está ahí.
Mariana sintió que el piso desaparecía bajo sus pies.
Había sido engañada para firmar una transmisión de propiedad que jamás habría aceptado conscientemente.
Consultó a un abogado, pero demostrar que su consentimiento había sido obtenido mediante engaños sería complicado.
Y Rodrigo lo sabía.
Desde entonces, Mariana dejó de discutir.
Trabajaba todo el día como auxiliar contable y, al volver, cocinaba, limpiaba y atendía a tres adultos que la trataban como empleada.
Aquella noche, sentada en una esquina de su propia mesa, escuchó otra carcajada.
—Por cierto —dijo Karla—, mañana cumple treinta años.
Rodrigo alzó su vaso.
—Treinta y ya parece de cincuenta.
Todos volvieron a reír.
Mariana bajó la mirada.
A medianoche salió al pequeño balcón donde tantas veces había llorado sin hacer ruido.
Miró las luces de la ciudad.
—¿Dónde estás, Santi? —susurró—. Tenías razón. Perdóname.
No sabía que, mientras ella pronunciaba aquellas palabras, un hombre acababa de llegar a Guadalajara después de cuatro años de ausencia.
Y tampoco sabía que llevaba una carpeta capaz de destruir, en una sola noche, todo lo que Rodrigo había construido con sus mentiras.
PARTE 2
La mañana de su cumpleaños comenzó igual que cualquier otra.
—¡Mariana! ¿Piensas dormir todo el día? —gritó Teresa desde el pasillo—. El desayuno no se prepara solo.
Eran las seis y media.
Nadie dijo “feliz cumpleaños”.
Rodrigo se quejó de que los huevos tenían demasiada sal. Teresa afirmó que el café estaba aguado. Karla dejó su taza sobre la mesa y anunció que esa noche recibirían visitas.
—Va a venir Mauricio, un amigo mío que regresó del norte —dijo—. Así que saliendo del trabajo compras todo esto.
Le entregó una lista.
Mariana la miró.
—Hoy es mi cumpleaños.
Teresa levantó una ceja.
—¿Y?
Eso fue todo.
A las siete de la noche, Mariana había preparado botanas, ensalada, carne, arroz, postre y varias jarras de agua fresca.
Los invitados llegaron vestidos para una fiesta que no era para ella.
Mauricio, un hombre de sonrisa desagradable, la observó mientras recogía platos.