Cuando el negocio comenzó a funcionar, Santiago contrató abogados y un investigador privado.
—Sabía lo de la propiedad desde hace meses —admitió—. También sabía que Rodrigo debía dinero.
Mariana lo miró herida.
—¿Y por qué esperaste?
—Porque tenía miedo.
—¿Tú?
Santiago sonrió tristemente.
—Tenía miedo de llegar con las manos vacías y que volvieras a escogerlo a él. Quería tener pruebas suficientes para que, aunque me corrieras otra vez, pudiera dejarte una salida.
Mariana tomó su mano.
—Yo dejé de escogerlo hace mucho. Sólo que ya no sabía cómo escogerme a mí misma.
Daniel, que había permanecido discretamente en la cocina, bajó la mirada.
Aquella noche trajeron un pequeño pastel que Santiago había comprado antes de llegar.
Tres velas: un tres y un cero.
—No estaba seguro de que pudiéramos celebrar después de semejante desastre —dijo Daniel.