Mariana necesitó perder casi todo para comprender que una casa puede recuperarse, el dinero puede volver y una relación puede terminar.
Pero cuando entregas tu dignidad todos los días, recuperarla requiere mucho más valor.
Ella tuvo una segunda oportunidad.
No porque un hombre llegara a rescatarla.
Santiago abrió una puerta.
Daniel caminó a su lado.
Pero fue Mariana quien tuvo que cruzarla.
Y cada vez que alguien le preguntaba cuál había sido el mejor regalo de su cumpleaños número treinta, ella sonreía.
No decía que fue recuperar el departamento.
Tampoco decía que fue el regreso de Santiago.
Decía:
—Ese día descubrí que todavía podía elegir mi propia vida.
Y para una mujer que había pasado tres años creyendo que no tenía derecho a elegir nada, aquella libertad valía más que cualquier herencia.