En el hospital, una doctora confirmó que
tenía pocos días de nacido.
Estaba estable.
No había señales inmediatas de maltrato.
Eso me permitió respirar un poco.
Entonces preguntaron quién era yo.
—Posiblemente su abuela.
La palabra salió extraña.
Abuela.
Yo había pensado que quizá algún día sería abuela.
No así.
No de un bebé entregado en un autobús.
No después de descubrir que también podía tener un hijo de dieciséis años en algún lugar.
Una investigadora llegó más tarde.
No llevaba uniforme.
Se sentó conmigo en una sala pequeña.
—Necesito entender qué sabe.
Le entregué copias.
No la memoria original.
Había aprendido algo en pocas horas.
Primero preservar.
Después compartir.
—¿Quién es Rachel?
—Mi cuñada.
—¿Dónde está?
—No sé.
—¿Cuándo la vio por última vez?