Subí al escenario con mi bebé en brazos y escuché las burlas, pero el rector levantó la mano y todos dejaron de reír

El primer hombre que se burló de mi bebé no sabía que yo llevaba seis meses durmiendo con un ojo abierto para que él pudiera respirar. Estábamos en el auditorio principal de la Universidad de San Gabriel, a las diez y veinte de la mañana, mientras las familias ocupaban las filas con ramos de flores y teléfonos levantados. Mateo dormía contra mi pecho, envuelto en una manta color mostaza que mi compañera de farmacia había cosido con retazos de cortina.

—¿De verdad va a subir así? —murmuró una mujer detrás de mí.

—Algunas personas harían cualquier cosa por llamar la atención —respondió un hombre, riéndose.

Sentí que la manta se movía con la respiración de mi hijo. Ese pequeño movimiento me sostuvo. No me giré. Si hubiera mirado a quienes hablaban, quizá habría salido corriendo.

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