La ceremonia avanzaba entre aplausos y nombres. Yo llevaba una toga prestada, un botón flojo y los zapatos negros de la farmacia, todavía con una mancha blanca de talco en el talón. En el bolsillo guardaba una tarjeta doblada cuatro veces: “No abandones ahora”. Me la había escrito mi madre cuando yo tenía dieciséis años. Años después, durante el embarazo, fue ella misma quien me dijo que olvidara la universidad.
—Una madre no puede perseguir sueños —me había dicho en la cocina de su casa—. El niño necesita que seas sensata.
El padre de Mateo fue menos elegante. Cuando le conté que estaba embarazada, dejó la taza sobre la mesa, se puso la chaqueta y no volvió a contestar mis llamadas. Yo tenía veinte años, una matrícula pendiente y ciento treinta y siete monedas en una caja de galletas.