—También quiere ser investigador —dijo Clara.
—Primero tendrá que aprobar la asignatura de dormir toda la noche —respondí.
Inés soltó una carcajada. Incluso mi madre sonrió, aunque todavía mantenía los ojos bajos cuando me miraba.
Antes de irnos, la enfermera de la clínica tomó una dosis, la guardó en la caja aislante y cerró la tapa. Afuera, el generador volvió a fallar. Las luces se apagaron.
Nadie corrió.
Esperamos.
Mateo apoyó la mejilla en mi hombro y escuché su respiración tranquila, la misma respiración que había seguido durante el examen, la fiebre y las noches interminables.
La enfermera abrió la caja, levantó el frasco y dijo:
—Está intacto.
Yo miré la pequeña mancha de leche que seguía en la esquina de mi primera fórmula.
Y por fin dejé que mi hijo golpeara la mesa como si estuviera firmando su propio nombre.