Subí al yate que regalé a mi hija y encontré una escena imposible; cuando exigí abrir el camarote, Mauricio dejó de sonreír

—Si firma la denuncia contra su propia hija, tal vez ella baje viva del yate.

Mauricio Alcázar me recibió con una copa de champán en la mano y una pistola escondida bajo la camisa.

Yo acababa de subir al Valeria, el yate de cuatrocientos ochenta millones que le había regalado a Valeria por sus veintisiete años. Aquel mediodía, frente a Cabo San Lucas, el mar brillaba como una lámina de metal. Desde las lanchas, todos debían pensar que arriba se celebraba una fiesta perfecta.

Pero mi hija estaba tirada junto al jacuzzi.

Su vestido blanco tenía el hombro desgarrado. Un ojo se le había cerrado por la hinchazón y las marcas moradas de sus muñecas parecían dibujadas con tinta. Cuando me vio, intentó incorporarse. El tacón roto golpeó la cubierta y cayó otra vez.

—Papá… no fue una caída —susurró, agarrándome del pantalón—. Mauricio me golpeó porque encontré algo.

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