Sentí que el corazón me golpeaba las costillas, pero no levanté la voz. Durante treinta y cinco años había construido astilleros, negociado con sindicatos y aprendido que un hombre desesperado se convierte en una herramienta para quien lo amenaza.
Me arrodillé junto a ella.
—¿Hay alguien más herido?
Valeria no respondió. Solo miró hacia el camarote principal.
Debajo de la puerta se extendía una línea fina de sangre.
Entonces sonaron tres golpes desde dentro.
Toc. Toc. Toc.
Mauricio levantó la copa.
—Una botella se habrá caído.
—Abre la puerta —dije.
—Este barco ya no es suyo, don Rafael. Valeria me cedió la administración esta mañana.
—Eso es mentira —murmuró ella—. Me obligaron a firmar. Me quitaron el teléfono y no me dejaron bajar.
Dos hombres de seguridad avanzaron. Uno llevaba la mano dentro del saco. El otro tenía una cicatriz blanca que le cruzaba la barbilla. Yo levanté las palmas y fingí que necesitaba apoyarme en la baranda.