Antes de irnos, regresé al puente. En el suelo seguía el libro rojo, abierto en la página sesenta y ocho. Tomás lo guardó en una caja metálica junto con las copias de Fernanda. La joven del labio partido escribió el nombre de su hermana en una hoja nueva.
Valeria se acercó al timón y pasó los dedos por la madera pulida.
—No fue un accidente —dijo.
—No —respondí—. Y tampoco será el final que ellos eligieron.
Ella encendió la pantalla de navegación. El barco permaneció amarrado, pero el mapa mostró una ruta distinta: no hacia mar abierto, sino hacia el puerto donde esperaban las primeras mujeres rescatadas.
El motor no rugió.
Esta vez, el rumbo lo marcó mi hija.