Michael miró sorprendido a su madre.
—¡Mamá, estás preciosa!
Ella soltó una carcajada.
—Lo sé, hijo. Por primera vez, yo también lo sé.
Aquel día nos tomamos una fotografía juntas.
Yo, con mis tatuajes.
Mi suegra, con su vestido rojo.
Y la pequeña Hope, acurrucada entre nuestros brazos.
Unos meses después, tras hablar de todo con mi médico, comencé poco a poco a cumplir mi sueño de infancia: hacerme tatuajes permanentes.
Hoy mi cuerpo está decorado con flores, mariposas e imágenes que tienen un significado especial para mí.
En mi vientre llevo una frase:
«Mi fuerza es mayor que mis dificultades».
Y cuando los desconocidos me miran de forma extraña por la calle, ya no bajo la cabeza.
Porque ahora sé algo que Emily, aquella niña de doce años, todavía no comprendía.
Nunca necesité cambiar mi cuerpo para merecer amor.