—Todo está en estricto orden, señor Vance. El estado no tiene motivos para retener a la menor. La custodia provisional y permanente le corresponde a usted por derecho.
Mi padre me ayudó a ponerme de pie sin soltarme la mano. Se secó las lágrimas con el dorso de la mano y me miró con una sonrisa temblorosa, cargada de alivio y ternura.
—Ya nadie te va a esconder, Leah. Ya nadie te va a hacer sentir que estás sola o que no eres deseada —dijo en voz baja, acariciándome la mejilla—. Nos vamos a casa.
Salimos de la oficina escoltados por sus acompañantes. Afuera, la noche estaba fría y dos camionetas negras blindadas esperaban frente a la entrada con los motores encendidos. Cuando subimos, me entregó una manta abrigada y un teléfono nuevo.
—Tienes una habitación esperándote, una familia que no ha dejado de rezar por este día y toda una vida por delante que vamos a construir juntos —me prometió mientras el coche se ponía en marcha directo al aeropuerto donde esperaba el avión privado—. La pesadilla se terminó, hija. Estás en casa.