No le importó el traje impecable, ni el polvo del piso, ni las miradas atónitas de los trabajadores sociales y policías que llenaban la oficina. Durante unos segundos me quedé paralizada, aferrada a mi gastada mochila, dudando si dar un paso atrás. Aquel hombre era un completo extraño, una sombra del pasado sobre la cual mi madre solo había derramado amargura y reproches.
—Leah… por Dios, mi niña —susurró con la voz rota, y por primera vez vi lágrimas asomarse en los ojos de un hombre que parecía tener el mundo a sus pies—. Perdóname. Perdóname por haber tardado tanto.
El temblor en sus manos y la desesperación genuina en su mirada hicieron que cualquier miedo se desvaneciera de golpe. Solté la mochila y me lancé a sus brazos. En cuanto me rodeó con fuerza, sentí una calidez y una seguridad que jamás había experimentado en toda mi vida. No era el monstruo del que mi madre siempre me había hablado; era un padre destrozado que por fin encontraba lo que más le dolía haber perdido.