Nunca respondí.
Compré una casa pequeña cerca de Elena.
Tenía una cocina soleada, un jardín sencillo y una pared completa donde coloqué mis libros.
También empecé a colaborar 2 veces por semana en un programa de lectura para niños.
Una mañana, una niña me entregó un cuento.
“¿Me ayuda?”
Sonreí.
“Claro.”
Mientras leíamos juntas sentí algo que durante meses había creído perdido.
Volví a sentirme Margarita.
No la esposa de un empresario millonario.
No una participante de investigación.
No una mujer cuya edad convertía sus dudas en algo fácil de ignorar.
Margarita.
Una noche preparé leche caliente con miel, canela y vainilla.
El aroma me llevó directamente a mi infancia.
Por un instante recordé a Daniel junto a la cocina.
La botella oscura.
Su insistencia.
“Termínatela antes de que se enfríe.”
Me senté junto a la ventana.