Bebí un poco.
Después dejé la taza sobre la mesa.
Todavía quedaba más de la mitad.
La observé.
Y sonreí.
Podía terminarla.
Podía guardarla.
Podía tirarla por el fregadero.
Nadie estaba esperando para comprobarlo.
Nadie iba a decirme qué debía hacer.
La decisión era mía.
Y después de todo lo que había perdido, aquella pequeña libertad valía más que cualquier mansión, cualquier promesa y cualquier hombre que asegurara saber qué era lo mejor para mí.