Cuando Bruno levantó la mano y dijo «noventa y seis», Valeria entendió que aquella cifra no tenía nada que ver con una emergencia médica. Estaban contando las veces que Diego y sus amigos habían conseguido hacerla caer en una mentira.
Ella seguía en el pasillo de la clínica, con una venda blanca alrededor del brazo y el cuerpo todavía débil por la donación de sangre que acababa de hacer por él.
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Lo había creído todo.
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El accidente.
La supuesta pérdida de sangre.
La cirugía.
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La llamada de madrugada.
Y, sobre todo, la idea de que Diego podía morir si ella no hacía algo inmediatamente.
Pero ahora lo veía recostado en una habitación VIP, tomando café y riéndose con sus amigos como si aquella madrugada hubiera sido una broma privada.
Valeria no entró.