Pero sí había ayudado a crear el lugar donde Valeria dejó de esperar que yo creyera en ella.
Nos dijeron que madre e hija necesitaban valoración médica.
Tomé las llaves del departamento y mi cartera.
Teresa se acercó.
—Voy con ustedes.
Valeria retrocedió.
Fue apenas medio paso.
Pero lo vi.
—No —dije.
—Soy su abuela.
Esta vez no decidí por costumbre.
Miré a Valeria.
—¿Quieres que venga?
Ella negó con la cabeza.
—No.
—Entonces no viene.
Mi madre se quedó inmóvil.
—¿Vas a poner a tu esposa por encima de tu propia madre?
Durante años esa pregunta me habría atrapado.
Porque estaba construida para obligarme a escoger un bando y sentir culpa sin importar qué eligiera.
Pero ya no estaba frente a una discusión entre dos mujeres que no se llevaban bien.
Estaba frente a mi hija con las manos lastimadas y mi esposa temblando cada vez que Teresa se acercaba.