—No lo voy a hacer.
Ella no me dio las gracias.
Tampoco tenía por qué hacerlo.
Durante la valoración, a Sofía le atendieron las manos y nos explicaron los cuidados que necesitaba.
A Valeria también le revisaron las lesiones visibles.
Yo me senté cerca, pero no intenté responder por ninguna de las dos.
Cuando le hicieron preguntas a mi esposa, esperé.
Cuando le preguntaron a mi hija, esperé.
Era extraño descubrir que parte de protegerlas consistía en dejar de ocupar el espacio de sus respuestas.
Más tarde, cuando Sofía se quedó dormida, Valeria y yo pudimos hablar.
No fue una conversación ordenada.
No hubo una gran confesión seguida de una explicación perfecta.
Hubo frases cortas.
Recuerdos incompletos.
Meses de cosas que yo había visto sin unirlas.
Teresa había empezado con comentarios sobre cómo debía mantenerse la casa.