Anselmo, viudo y sin hijos, quiso agradecérselo y ella rechazó cualquier regalo. Meses después, Margarita le contó que el esposo de Valeria había muerto y que la joven criaba sola a su hijo con empleos de pocas horas. Anselmo no podía darle dinero: ella nunca lo habría aceptado. Así que empezó a dejar bolsas de comida y ropa en su puerta, de noche, sin firmar.
Al principio las pagaba con su pensión. Pero entre el alquiler y sus medicinas, ya no le alcanzaba. Y no se atrevió a detenerse.
«Sé que lo que hice está mal —terminaba la carta—. Pero cuando pienso en que ese niño pudiera pasar frío, no puedo quedarme quieto. Solo les pido que no le digan a Valeria que fui yo. No quiero que cargue con otra deuda».
El final inesperado
Se oyó un sollozo al fondo. Valeria se había puesto de pie, con el niño en brazos, llorando.