El empresario que tenía millones, pero estaba solo, escuchó llorar a una niña y aquella noche su vida cambió para siempre
—Mi mamá no despierta.
Alejandro Reyes se quedó inmóvil al escuchar aquellas palabras.
La niña, de apenas cinco años, estaba junto a la entrada de un pequeño parque del centro de Querétaro. Apretaba contra el pecho un conejo de peluche gris y tenía los ojos hinchados de tanto llorar.
—¿Dónde está tu mamá? —preguntó Alejandro, agachándose frente a ella.
La niña señaló hacia el interior del parque.
—Allá. Cerca del ángel.
Alejandro no preguntó nada más.
La tomó en brazos y siguió la dirección que indicaba su pequeño dedo.
Hasta hacía unos minutos, Alejandro estaba pensando únicamente en regresar a su departamento.
Tenía cuarenta y cuatro años y había dedicado más de veinte a construir una empresa de servicios financieros que ahora valía una fortuna.