Aquel día caminaba por el centro de Bucarest sin prisa cuando algo me hizo detenerme en seco sobre la banqueta. Frente a un moderno edificio de oficinas, una mujer elegante bajaba de un automóvil negro de lujo. Vestía un traje impecable, llevaba el cabello recogido con cuidado y sostenía un bolso costoso. A su lado caminaba un hombre también vestido de traje.
Por un instante pensé que me estaba equivocando. Era imposible que fuera ella.
El recuerdo de un encuentro doloroso
Un mes antes, la había visto por primera vez en un supermercado, frente al estante de la leche en polvo. Tenía los ojos hinchados de tanto llorar y sostenía a un bebé en brazos. Su aspecto era el de alguien que había llegado al límite. Sin pensarlo demasiado, me acerqué y le entregué algo de dinero para que pudiera comprar lo que necesitaba.