Cuando llegué a casa y le conté a mi esposo, su reacción fue fría y cargada de desconfianza. «Te engañó», me dijo con seguridad, como si fuera evidente que aquella mujer solo buscaba aprovecharse de la buena voluntad de los demás. Sus palabras me habían perseguido durante semanas.
Y ahora, al verla tan distinta, sentí una punzada de vergüenza. Por un momento pensé que quizá mi esposo tenía razón. Decidí seguir caminando, pero justo entonces ella giró la cabeza y me reconoció.
Un reencuentro que lo cambió todo
Sus ojos se abrieron con sorpresa y vino casi corriendo hacia mí. El hombre que la acompañaba se acercó también, preocupado, pero ella le explicó emocionada: «Ella es la señora de la que te hablé». Me invitó a tomar un café y, aunque dudé, la curiosidad terminó ganando.
Diez minutos después estábamos sentadas en una cafetería. El bebé dormía tranquilo en un carrito nuevo. Ella extendió la mano y se presentó: