Esa noche, él durmió en el otro lado de la casa.
Zainab cerró su puerta con llave y escuchó por si se acercaban pasos.
No llegó ninguno.
La primera semana pasó de una manera extraña.
Ella cocinaba porque era el lenguaje que conocía. Yusha comía lo que preparaba y lavaba los platos él mismo.
Cuando derramó el té, Zainab se quedó paralizada.
—Solo es té —dijo él.
En la casa de Malik, nada había sido nunca «solo» algo.
Todo había sido una prueba.
La amabilidad de Yusha nunca fue grandiosa. Eso era precisamente lo que la hacía poderosa.
Dejaba para ella la buena silla junto a la ventana para que pudiera coser. Envolvió la cuerda del pozo con algodón cuando ella mencionó que le lastimaba las manos. La escuchaba cuando hablaba.