Un padre ofreció dinero a una mesera para fingir ser la madre de su hija, pero ella hizo algo inesperado

—Acepté sentarme contigo.

—¿Por qué?

Mariana pensó un momento antes de contestar.

Habían pasado muchos años, pero todavía recordaba perfectamente a aquella niña sentada demasiado derecha en la mesa.

Las manos juntas.

Los ojos atentos.

Intentando portarse tan bien que nadie pudiera negarle su deseo.

—Porque cuando te miré —respondió—, entendí que no estabas pidiendo una mentira.

Sofía dejó de reír.

—¿Qué estaba pidiendo?

—Un recuerdo.

Alejandro la miró.

Mariana continuó.

—Querías saber cómo se sentía algo que para otros niños era normal. Solo eso.

Sofía bajó los ojos.

—Casi no recuerdo esa noche.

—Eso es normal. Eras muy pequeña.

—Pero recuerdo el pastel.

—Claro que recuerdas el pastel.

—Y recuerdo haberte dicho mamá.

Mariana sonrió.

—Eso también lo recuerdo.

Sofía permaneció pensativa unos segundos.

Después dijo:

—Al final pedí un deseo ese día.

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