Recordó que estaba dispuesto a pagar por dos horas de actuación.
Pensaba que estaba comprando una pequeña ilusión para su hija.
Pero Mariana nunca aceptó el dinero.
Porque, al final, lo que Sofía había necesitado no podía comprarse.
Años después, cuando Sofía era mayor, la historia de aquella cena se convirtió en una de las anécdotas favoritas de la familia.
Una tarde estaban los tres sentados en la sala cuando Sofía volvió a preguntar:
—Entonces, ¿papá realmente te pidió que fingieras ser mi mamá?
Mariana se rio.
—Con esas palabras exactas.
Sofía miró a Alejandro.
—Eso suena muy raro.
—Fue muy raro.
—¿Y ofreciste pagarle?
Alejandro se cubrió el rostro con una mano.
—No necesito que recuerdes todos los detalles.
—¡Le ofreciste dinero!
—Estaba desesperado.
Sofía empezó a reír.
Mariana también.
—Y tú aceptaste —dijo Sofía.