—Sí.
Le permitieron tomar el descanso.
Mariana entró al baño, se quitó el mandil y se miró al espejo.
Llevaba una blusa azul sencilla y pantalones negros.
No parecía una madre llegando a una cena especial.
Parecía exactamente lo que era: una joven que acababa de salir unos minutos de su turno.
Se soltó el cabello.
Después se quedó mirando su reflejo.
—¿Qué estás haciendo, Mariana?
No tenía respuesta.
Salió por una puerta lateral y dio la vuelta para regresar por la entrada principal.
Cuando apareció frente a la mesa siete, Alejandro se puso de pie.
Sofía giró la cabeza.
La transformación en su rostro fue inmediata.
Primero sorpresa.
Luego esperanza.
Y finalmente una alegría tan contenida que a Mariana le dolió verla.
Mariana se acercó.
—Perdón por llegar tarde —dijo con naturalidad—. Espero no haberme perdido nada importante.
Sofía la miró durante unos segundos.