El nombre me resultaba familiar.
Comprobé la dirección.
Sentí que el corazón se me encogía.
—Esta dirección…
—Sí —respondió—. Pertenece a una empresa vinculada a Viktor.
Todo comenzaba a encajar.
Viktor no se había limitado a casarse con mi madre.
Probablemente había preparado su plan mucho antes de la boda.
Pero todavía no sabíamos hasta dónde estaba dispuesto a llegar.
A la mañana siguiente, mi madre recibió una llamada.
Era Viktor.
—Prepara tus cosas —dijo.
Ella guardó silencio.
—¿Por qué?
—Nos vamos unos días.
—¿Adónde?
—No necesitas saberlo.
Colgó y me miró.
Por primera vez vi algo en sus ojos que no había visto en mucho tiempo.
Rabia.
No miedo.
Rabia.
—Ya no quiero obedecerlo —susurró.
Le tomé la mano.
—Entonces ya no tendrás que hacerlo.
Pero en ese instante mi teléfono vibró.
Otro mensaje de mi abogado.