Pero cada día aprendió algo.
Preparaba pan dulce temprano.
Al mediodía vendía empanadas, pasteles sencillos y café.
Haz clic en el botón de abajo para leer la siguiente parte de la historia. Los fines de semana hacía tartas por encargo.
Sofía dibujó varios nombres para el negocio.
Finalmente eligieron uno sencillo:
La Mesa de Sofía.
No porque Mariana creyera que cada historia necesitara un nombre bonito.
Sino porque todo había comenzado con una niña sentada frente a una mesa imaginaria, esperando una cena que su madre no podía pagar.
Poco a poco, los vecinos empezaron a regresar.
Una enfermera compraba pan cada martes al terminar su turno nocturno.
Un maestro jubilado se sentaba cerca de la ventana y pedía café con una pieza de pan de canela.
Una mujer que trabajaba en una lavandería llevaba empanadas a sus compañeras.