Una madre devolvió el pavo de Navidad porque no podía pagarlo. Una niña la vio llorar y cambió su vida para siempre.
—Mamá, ¿entonces no vamos a llevar el pavo?
Mariana Ruiz apretó con fuerza el monedero que tenía entre las manos.
Volvió a mirar la etiqueta pegada al paquete congelado. Luego miró los pocos billetes arrugados que acababa de contar por tercera vez.
No alcanzaba.
Ni siquiera estaba cerca.
Su hija Sofía, de ocho años, esperaba junto al carrito con esa paciencia inocente de los niños que todavía creen que los adultos siempre encuentran una solución.
—Pensé que este año sí íbamos a cenar pavo —dijo la niña.
Mariana sintió que se le cerraba la garganta.
Estaban en un supermercado de una zona popular de Guadalajara, pocos días antes de Nochebuena. Los pasillos estaban llenos de familias comprando lo necesario para la cena: verduras, pan, fruta, bebidas, dulces y pavos congelados.