Una madre devolvió el pavo porque no podía pagarlo, pero una niña desconocida vio sus lágrimas y actuó

Los carritos avanzaban llenos.

El de Mariana estaba casi vacío.

Tenía una bolsa de arroz, frijoles, huevos, tortillas, leche y un paquete pequeño de pasta.

Nada más.

Mariana tomó el pavo con las dos manos y lo colocó de nuevo en el congelador.

—Vamos a hacer otra cosa para cenar, mi amor.

Sofía frunció el ceño.

—¿Pero ya no quieres pavo?

Mariana intentó sonreír.

—Claro que quiero. Pero este está demasiado grande para nosotras.

La mentira le dolió más de lo que esperaba.

Sofía miró el paquete.

Luego miró a su madre.

Tenía ocho años, pero no era ingenua.

—Es por el dinero, ¿verdad?

Mariana bajó la mirada.

—No te preocupes por eso.

—Yo puedo no pedir regalo este año.

Aquella frase terminó de romperla.

Mariana se agachó rápidamente y abrazó a su hija.

—No tienes que renunciar a nada por mí.

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