La marca de nacimiento que él había usado para acusarme no había revelado una traición mía.
Había abierto una puerta hacia la traición que otro hombre había cometido muchos años antes.
Pero saber la verdad no reparó nuestro matrimonio automáticamente.
Durante varias semanas seguí viviendo con mi hermana.
Ricardo comenzó a ver a las niñas de manera regular y a Mateo cuando yo estaba presente.
La primera vez que volvió a cargarlo desde aquel día en el hospital, no hizo ninguna ceremonia.
Se lavó las manos, se sentó en el sillón y esperó a que yo decidiera.
Le entregué al bebé.
Mateo abrió los ojos apenas un momento.
Ricardo lo sostuvo con una torpeza que antes me habría dado ternura.
Esa vez me dolió.
—Hola —le dijo.
No dijo “mi hijo”.
No dijo nada sobre el apellido.