Javier soltó el aire por la nariz.
No estaba llorando.
Tampoco parecía furioso.
Se veía agotado.
—¿Y mi mamá?
La señora bajó la mirada.
—Ella quería que él respondiera.
—¿Y él qué hizo?
—Nada.
Una sola palabra.
Eso fue peor que cualquier excusa.
Javier se levantó.
Ricardo también.
Durante un segundo pensé que iban a discutir.
No ocurrió.
Javier tomó su chamarra.
—Necesito irme.
Patricia intentó detenerlo.
—Javier…
—No puedo conocer una familia nueva el mismo día que me entero de la que me negaron.
Nadie trató de convencerlo.
Antes de salir, miró a Ricardo.
—Mateo es tu hijo.
Ricardo bajó los ojos.
—Lo sé.
—Entonces no vuelvas a convertir lo que hicieron nuestros padres en algo que tenga que pagar él.
Javier salió.
No hubo abrazo entre hermanos.
No hubiera sido real.
Ricardo se quedó de pie junto a la mesa, mirando el resultado que confirmaba dos cosas al mismo tiempo: él era el padre de Mateo y Javier era, con alta probabilidad, el hermano que su familia le había ocultado.