Una niña abrazó a una joven descalza en Nochebuena, pero nadie imaginaba lo que ocurriría después

No era un departamento propio.

Pero tenía una cama.

Una puerta.

Un cajón para guardar su ropa.

Un lugar donde podía dejar sus cosas por la mañana y encontrarlas exactamente en el mismo lugar al regresar.

Para Mariana, aquello era enorme.

Sin embargo, lo que más comenzó a cambiarla no fue el trabajo ni la habitación.

Fue la manera en que aquella familia hablaba con ella.

Le preguntaban su opinión.

La invitaban a comer.

Le enviaban mensajes para saber cómo había ido su día.

Sofía le mandaba dibujos.

Ricardo llamaba de vez en cuando para comprobar que todo estuviera bien, pero nunca hablaba con ella como si fuera una obligación.

Tres semanas después, Mariana aceptó tomar un café con él cerca de su nuevo trabajo.

—Quiero preguntarte algo —dijo ella.

—Pregunta.

—¿Por qué estás haciendo todo esto?

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