Estaba convencida de que la peor parte de perderlo todo había sido quedarse sin techo.
Después había comprendido que no.
Lo peor había sido empezar a creer que su ausencia no le importaría a nadie.
Aquella niña había cambiado eso con una frase.
“Creo que necesitas un abrazo.”
No fue magia.
El abrazo no consiguió un empleo.
No encontró una habitación.
No pagó una renta.
No reconstruyó ocho meses de pérdidas.
Pero hizo algo anterior a todo eso.
Le recordó a Mariana que seguía siendo una persona.
Que todavía merecía ser mirada a los ojos.
Que aún podía sentarse a una mesa.
Que alguien podía tocar su hombro sin querer apartarla.
A partir de ahí, pudo aceptar el siguiente paso.
Y después otro.
Y otro.
A veces pensaba en lo cerca que Ricardo había estado de seguir caminando aquella noche.