Primero había sido preocupación.
Luego amistad.
Después respeto.
Y últimamente había algo más que ninguno de los dos parecía tener prisa por nombrar.
—Me alegra que hayas venido —dijo él.
Mariana levantó la bolsa con el postre.
—Sabes que nunca me pierdo los domingos.
—Sofía lleva toda la tarde preguntando a qué hora llegarías.
—Porque necesito ayuda con mi dibujo —protestó la niña.
Mariana se agachó.
—Después de cenar lo terminamos juntas.
—¿Prometido?
—Prometido.
Entraron.
Elena estaba poniendo platos sobre la mesa.
La casa olía a pollo al horno, tortillas calientes y café recién hecho.
Mariana se quedó quieta un momento en el pasillo.
Recordó aquella noche.
Los escalones.
Haz clic en el botón de abajo para leer la siguiente parte de la historia. Sus pies desnudos.
La sensación de no pertenecer a ningún sitio.